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  • El diario de Gaia

COVID19, un año con nosotros

Desde que el 31 de diciembre de 2019 la oficina central de la OMS en China recibiese la noticia de casos atípicos de una neumonía vírica en la provincia de Wuhan, el COVID19 ha marcado un antes y un después en la historia. Un virus que nos ha cambiado la vida más que cualquier otra situación, forzando al aislamiento y las cuarentenas masivas de la población. ¿Qué sabemos de él? Y, lo más importante, ¿qué nos falta por saber aún?

Cuando la OMS recibió las primeras noticias sobre la nueva neumonía los expertos se pusieron ipso facto a trabajar en ello. En el lapso de unos días emitieron una serie de medidas con las que pretendían ayudar a los gobiernos de los distintos países a controlar la transmisión del virus y evitar su propagación. Aun a pesar de la premura, el descontrol de los días iniciales fue crítico pues, para cuando la OMS proporcionó su primer informe con medidas de control, el virus ya había salido de la provincia de Wuhan, extendiéndose a provincias limítrofes. La pandemia estaba en marcha.


El 29 de enero de 2020, aun sin tener aún una idea clara de si el virus llegase a declararse pandémico pues se esperaba que las medidas de contención dictadas fuesen eficaces a la hora de evitar su propagación al resto de continentes, la OMS convocó, junto con el Foro Económico Mundial, una reunión de la Red de Cadena de Suministro Pandémica (Pandemic Supply Chain Network), anticipando un posible efecto devastador sobre los mercados a nivel global si la pandemia llegara a declararse.


Unos días después, el 4 de febrero, el director general de la OMS pidió al Secretario General de las Naciones Unidas que activase la unidad de gestión de crisis para gestionar la situación global de manera conjunta. Dicha unidad de gestión se reunió por primera vez el 11 de febrero. Y no fue hasta el 11 de marzo que se anunció oficialmente la declaración del estado de pandemia tras corroborar que el virus se había extendido a todos los continentes. Dicha declaración vino motivada, además, por el altísimo grado de contagio, la severidad de la enfermedad y la inacción de muchos gobiernos ante una situación de crisis sin precedentes. ¿Se podría haber evitado? Por aquél entonces, ¡no!

El COVID19 causó estragos durante los primeros meses, especialmente considerando que no teníamos ningún tipo de tratamiento contra él. Si a eso unimos que los síntomas tardan entre 5 y 10 días en manifestarse, que el 40% de los enfermos son asintomáticos o cursan con tan sólo síntomas tan débiles que son equiparables a un resfriado común y que las personas continuaban a hacer su vida normal sin ningún tipo de protección, es fácil entender por que los hospitales se colapsasen en todos los países. No había médicos ni enfermeras suficientes para tratar al cada vez mayor número de enfermos críticos que necesitaban de cuidados intensivos. No había tratamiento. Se desconocía cómo evitar eficazmente la propagación del virus… Un desconcierto acrecentado aún más si cabe por la rápida difusión de los bulos o falsas noticias por las redes sociales que crearon una situación de pánico entre la población.


La única forma de pararlo, o al menos dar un alivio al sistema sanitario, era evitar el contacto entre personas. Y como era imposible saber quién estaba enfermo y quién sano, se optó por una cuarentena general. Cuarentena que se fue imponiendo en casi todos los países a medida que el número de enfermos aumentaba en una escalada vertiginosa. Como era de esperar, la cuarentena ralentizó la propagación del virus, lo que permitió el descongestionamiento de los hospitales y que los enfermos ingresados pudiesen recibir la atención médica necesaria. Era nuestra primera batalla ganada contra el virus. Pero… ¡A qué precio!


Durante este tiempo todas las empresas farmacéuticas se centraron en el desarrollo de vacunas. En un esfuerzo ímprobo, se pusieron más de 200 vacunas sobre la mesa. Y aun se continúa desarrollando nuevas vacunas. Son vacunas que, aún hoy, estamos evaluando hasta qué punto son eficaces y seguras. Pero son nuestra mejor baza contra el virus que ha decidido destruirlo todo a su paso. Por lo menos, y eso ya sí que es un gran logro, parece que las vacunas desarrolladas hasta el momento son capaces de evitar la forma más letal de la enfermedad.


Se ha criticado mucho a la OMS por su mala gestión durante la pandemia o por cambiar las medidas “sobre la marcha”. Se les criticaba incluso por no saber qué hacer, cuando nadie lo sabía con exactitud. Pero realmente, analizando todos los hechos, la gestión de la OMS fue en líneas generales impecable. Más bien fue mala la gestión de los gobiernos que se negaban a implementar las medidas recomendadas por la OMS. Y, sobre todo, fue pésima nuestra propia actuación… Pues, convencidos de que éramos “inmortales” ninguno se preocupó de protegerse hasta que no vio caer a sus vecinos. A fin de cuentas… “China está muy lejos, aquí nunca llegará”. Y aun sabiendo que debíamos usar mascarillas o mantener un distanciamiento social, lo único que nos preocupaba era que hacía calor y la mascarilla era incómoda, o cómo no íbamos a salir a tomar el aperitivo con los amigos o ir a bailar a la discoteca por la noche.


¿Qué hemos aprendido en este año que hemos convivido con el COVID19? Si, con suerte, hemos aprendido algo, es que la vida es algo tremendamente frágil. Que no podemos dar nada por descontado, pues todo pende de un hilo finísimo. Y que, sin salud, no somos nada.


Por suerte los médicos y las farmacéuticas han aprovechado bien estos meses, y se han empleado a fondo para descubrir nuevos tratamientos y nuevas vacunas. Por suerte muchos de nosotros somos más conscientes de lo que lo éramos hace doce meses cuando la OMS declaró oficialmente el estado de pandemia. Pero aún quedan muchos que siguen empeñados en no protegerse, que se niegan a usar las mascarillas o a respetar el distanciamiento social. Aún queda quien, doce meses después, sigue pensando que esto es una conspiración de los gobiernos, los médicos y la OMS para controlarnos. Aún queda quien sigue poniéndonos a todos en riesgo.


La gran duda que queda es si sabremos reaccionar ante la próxima pandemia, que seguro que llegará. ¡Esperemos que sí! Esperemos que esta experiencia realmente haya valido la pena y que, la próxima vez, podamos reaccionar mejor frente a ella. Esperemos que la próxima, más conscientes de la importancia de nuestros actos, nos tomemos en serio las medidas que digan las autoridades sanitarias, en lugar de jugar a ser médicos nosotros o, peor aún, considerarnos inmortales.

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